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Intervención de Patxi López en la inauguración del Seminario Internacional "Salvador Allende: República, democracia y socialismo"

Buenos días, amigos y amigas, compañeros y compañeras:

Quisiera que mis primeras palabras sean de agradecimiento profundo y sirvieran para manifestar el enorme honor que supone estar hoy aquí, con todos ustedes, recordando la figura de Salvador Allende, una persona capaz de unirnos en el espacio y en el tiempo a todos los que, simplemente, luchamos por la Libertad, la Igualdad y la Justicia Social.

Los vascos decimos “eskerrik asko, bihotz bihotzez”. Gracias de todo corazón, por haberme invitado a estar aquí.

Yo vengo del País Vasco, un país unido a Chile por miles de hilos invisibles… Salvador Allende tenía antepasados vascos por las dos ramas, la paterna y la materna.

Y en cualquier momento de la historia, desde hace ya siglos, encontraremos a un vasco que está mirando hacia aquí con desazón por un familiar o un amigo que ha emigrado y a un chileno mirando hacia allá, con el alma dolorida por la nostalgia.

Pero el 11 de Septiembre de 1973 creó entre nosotros nuevos y profundos vínculos.

Ese día se ha instalado en nuestra memoria, en nuestro imaginario colectivo, como una tragedia, como un sueño roto, como un futuro cercenado por el terror.

Y me van a permitir que comienzo recordando unos versos que seguramente conocen todos ustedes.

“Para matar al hombre de la paz

tuvieron que desatar la guerra turbia,

para vencer al hombre de la paz

y acallar su voz modesta y taladrante,

tuvieron que empujar el terror hasta el abismo,

y matar más para seguir matando.

Para batir al hombre de la paz

tuvieron que asesinarlo muchas veces

porque el hombre de la paz era una fortaleza”

Pero yo les quiero decir que Benedetti se equivocaba. Que a Salvador Allende no pudieron matarle ni callar su voz. Porque mil fusiles y muchos tanques no pueden abatir el aliento de un hombre honesto y libre.

Y porque no pudieron callar su voz estamos hoy aquí, reivindicando de forma humilde su memoria.

Consciente de que ya estaba hablando para el futuro con voz calmada dijo poco antes de morir: “El metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo.” Y cuarenta años después su voz pausada sigue retumbando en los corazones de las personas que aman la libertad. Y hoy es mucho más poderosa que entonces.

Van a presentar, dentro de estos actos, una biografía de Salvador Allende. Quien la ha realizado, seguro que sabe mucho más que yo. Pero, déjenme que les diga que la biografía verdadera de Allende no es el relato de una vida, sino de una época. Y es, sobre todo, la historia de una convicción tenaz que ha acompañado durante siglos a los más desfavorecidos: todos nacemos iguales, todos tenemos que poder tener las mismas oportunidades.

Y esta convicción profunda la encauzó como lucha política respetando las instituciones democráticas. Prometió respetar la legalidad constitucional, y lo defendió al precio de su vida. Y esa promesa no era fácil. No era nada fácil conjugar los principios profundos de la izquierda, con la defensa de la democracia constitucional. Hoy nos puede parecer una cosa, casi de sentido común, pero no era así en la época que le tocó vivir.

En los años 60 y 70 había muchísima gente que apoyaba la violencia política, el asesinato político incluso, si era para defender la ideas propias. Había muchísima gente que veía la democracia constitucional como algo prescindible, y que los atajos ajenos a la legalidad aceleraban el logro de los objetivos políticos.

Y lo pensaban gentes de derechas y gentes de izquierdas (aunque a mí la izquierda me duela más). Sectores muy importantes de la izquierda asumieron la violencia, el terrorismo, incluso, como algo natural y necesario para la transformación social.

Quiero poner sólo un ejemplo infame: les voy a recordar una frase de Sartre, referencia intelectual muy amplia aquellos años. “Porque, en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar a dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y un oprimido: queda un hombre muerto y un hombre libre”. Una frase coreada y aplaudida de forma irresponsable por progresías varias.

No, no era fácil entonces defender la lucha política dentro de los límites de la democracia constitucional. Y Allende nos mostró el camino.

Dentro de un rato, voy a tener oportunidad de participar en una mesa redonda sobre la vigencia de las ideas progresistas y socialistas en el actual siglo XXI.

Y lo haré tratando de aportar una visión desde Europa, desde la preocupación de un socialista europeo.

Hasta hace unos años, se decía, como muestra de respeto, “la vieja Europa”, concediendo con esta expresión un reconocimiento germinal de la civilización universal.

Hoy debo decirles que yo vengo, no de la vieja Europa sino de una Europa envejecida y, en gran medida, asustada.

La euforia de la construcción de la Unión Europea se ha convertido en frustración.

La nueva modernidad nos ha colocado en una posición radicalmente nueva en el mundo. En las relaciones con el resto del mundo.

Las dos grandes aportaciones históricas de Europa (la democracia constitucional y el Estado del Bienestar) se encuentran hoy en entredicho.

Y la izquierda está en gran medida sin proyecto y actúa a la defensiva.

La crisis económica nos está azotando de forma grave y prolongada, mucho más que a cualquier otra región del mundo.

Pero Europa vive hoy, sobre todo, no una crisis económica, sino una crisis política, de valores y de identidad.

Y son los valores y la identidad de izquierdas, los valores y la identidad que guiaron a personas como Salvador Allende, las que nos pueden sacar de este atolladero.

Yo creo que las izquierdas europeas estamos a tiempo de retomar, de reunir la fuerza social progresista necesaria para iniciar el nuevo siglo fortaleciendo la democracia y un nuevo modelo de Estado de Bienestar… Es nuestra obligación.

He comenzado citando a Benedetti, y quiero terminar también con otra frase suya: “Cuando ya sabíamos todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas”.

Y es verdad. El nuevo siglo nos ha impuesto nuevas preguntas y nuevos problemas. Con las soluciones del pasado no vamos a encontrar la salida. Pero, al menos, debemos ser conscientes de los problemas reales que tenemos, para empezar a construir las nuevas respuestas del siglo XXI.

Por eso, me van a permitir que termine mi saludo con una referencia a Salvador Allende.

De todas la imágenes que he visto del 11 de septiembre de 1973, hay una que me causa una desazón muy especial. Hay algo en esa imagen que mantiene viva toda la brutalidad del golpe.

Son las gafas rotas de Salvador Allende. Esas medias gafas, con el cristal partido y con la suciedad del golpe criminal. Siguen siendo una denuncia silenciosa que nuca dejará de gritar frente al terror.

Pero son las gafas también desde las que salvador Allende veía el futuro, un futuro que imaginaba más justo y de mayor libertad. Yo quiero mirar el mundo con esas gafas.

Eskerrik asko. Muchas gracias.

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